AC Martín Castellucci

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ALEJANDRO GUETTI

27-Mayo-2007 por info

NINGUNISMO:
MARTÍN JUGÓ PEÓN CUATRO DAMA
Matu_Fiesta_Amigos

Los aficionados al ajedrez conocen la diferencia entre salir de peón rey o peón dama. Para salir con peón dama hay que tener un poco más de eggs. Porque salir con el peón del rey es más convencional, más conocido, más seguro (para los aficionados, claro). Hace unos cuantos años la Federación Internacional cambió la nomenclatura, pero sigue siendo más romántico decir “peón cuatro dama”.
A principios de los ochenta encontré una revista en el consultorio de un médico. No era Siete Días ni Gente. Me puse en contacto con su editor y empecé a colaborar. El tipo se llamaba Oscar. En el grupo había otros tres Oscar, y un Domingo. Como yo no me llamaba ni Oscar ni Domingo me resultó fácil integrarme y ganarme un lugar. Supongo que al “tano” también le había resultado fácil, porque todos los demás se llamaban Oscar.
Era una revista cultural de resistencia a la dictadura. Escribíamos sobre temas como la democracia y esas cosas, desde la óptica de la cultura (era menos peligroso porque para los milicos la cultura era una cosa marginal; por eso, revistas política ni en pedo, pero culturales, más o menos sí).
Un día apareció Martín rompiendo un poco los coquitos en las reuniones del Honorable Consejo de Redacción. Martín era chiquito, apenas caminaba, interrumpía. Martín escuchaba a su papá Oscar dirigiendo las reuniones, hablando de democracia, de esas cosas que todavía no entendía. Martín mamaba de chiquito. Podría haber aprendido a salir de “peón 4 rey”, como tantos pibes.* Pero no.
Pasaron los años, se acabó la dictadura, vino Alfonsín, las transas con los resabios del poder militar. Se fue agotando el pasado y fue emergiendo el futuro. En el siglo XXI los autos iban a volar y el hombre iba llegar a Marte. Después paso el innombrable, la década del individualismo posmoderno y el sálvese quien pueda. Se salvaron muy pocos, porque el modelo devino en la crisis del 2001. Martín siguió creciendo y supo que, ni en pedo, íbamos a llegar a Marte así como así. Pero Martín creció en democracia, se formó en democracia, creyó en la democracia.
Pero cuando creció, tal vez no aprendió a elegir, porque su papa, Oscar, siempre había tenido esas ideas raras y se las transmitió. Martín no elegía entre lindos y feos, rubios y morochos, con más guita o menos guita.
Martín siempre salía de P4D y cuando le dijeron, “Ché, vamos a La Casona” no defraudó a sus amigos. ¿Qué peligro podía haber en un boliche de Lanús?
Después pasó lo conocido, Martín salió cuando ya había entrado, y un retrasado mental con mucha fuerza física lo mato de un golpe, por interceder por un amigo que no era rubio, ni lindo ni con plata.
El retrasado mental es empleado del boliche, el dueño del boliche está entongado con punteros de la municipalidad, los punteros están entongados con el intendente, el intendente rosquea con la gobernación, y la gobernación con el gobierno nacional. No Martín, en el 2006 los autos no vuelan. Y aunque parezca lo contrario, cuando escuchás hablar a nuestros dirigentes, sigue siendo más cómodo, fácil y seguro, jugar “peón cuatro rey” en vez de “peón cuatro dama”.

Tal vez en este momento, Rodrigo debe de estar en algún lugar explicándole a Martín su teoría del “nuevo ningunismo”. Rodrigo y Martín no se conocieron en vida, tal vez podrían haberse ayudado a comprender cómo permanecer un tiempo más en este mundo. Rodrigo pensaba que los jóvenes están afectados por un virus de origen desconocido que los vuelve apáticos y sin valores. El virus del ningunismo: ningún-ismo. O sea nada que termine en ismo, como el idealismo o tantos otros. Algo así como una versión sicológica de la muerte de las ideologías. Una patovica -perdón, periodista- del diario Clarín escribió “Rodrigo Sierra: un joven fantasioso, creía que la juventud estaba infectada por un virus”. Disculpame Nora Sánchez… mi perra Dushka tiene más percepción para las metáforas que vos.

Para su mamá “lo de Rodrigo no fue un desafío, fue una estupidez”, y quién se lo puede discutir. Rodrigo se metió por una alcantarilla de Belgrano una noche de tormenta, y él y sus amigos murieron ahogados cuando, previsiblemente, subió el nivel del agua. Murió apenas quince días después de que a Martín lo mató un patovica, un retrasado mental, en el jardín de “La casona”, por ser fiel a un ismo. A un ismo básico y elemental: compañerismo, amiguismo, idealismo, ponele lo que mejor te suene.
Tal vez Martín y Rodrigo estén el algún lado conversando sobre sus diferencias, sobre sus maneras de interpretar el siglo, de vivir lo poco que vivieron. Tal vez Martín saliendo con P4D y Rodrigo respondiendo con el Gambito más audaz. Y posiblemente, ya se hayan puesto de acuerdo.

Pasaron muchos años sin verlo a Oscar. Lo voy a volver a ver y no se qué le voy a decir. Tengo cuatro hijos y hasta ahora, todos tuvieron más suerte que Martín y que Rodrigo. Tal vez pueda decirle: “Oscar, Martín no tuvo suerte. ¿Y vos como andás?… ¡Estás iguaaal!”.
Te vi y te escuché por TV, Oscar y, por suerte, qué eggs Oscar, estás igual.

Publicado en la revista Mi barrio (de Versalles, Ciudad de Buenos Aires)

* El que rompía los coquitos durante las sesiones del Honorable Consejo de Redacción, era Pablo, el hermano mayor de Martín. Martín vino un poco después. Pero fue a la misma escuela y con los mismos maestros, de qué otro modo podía ser.

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Osvaldo Vergara Bertiche

5-Marzo-2007 por info

PatovicaLOS PATOVICA: CANCERBEROS VIOLENTOS

Las crónicas periodísticas nos traen, día a día, y de todo el país, infaustas noticias de muertes de “pibes” en discos, bailantas y cuanto “antro” funciona por doquier, la mayoría de ellos sin el debido control por parte del Estado, que hace abandono del más elemental cometido: brindar seguridad al conjunto de la población.
Patovica… nombre derivado de aquellos palmípedos marca Vicca, que fueran populares y degustados en muchas mesas de la Argentina por la década del ’60, corpulentos de doble pechuga, similar a un pavo pequeño, a los que se asemejan estos “custodios” nocturnos, tanto por su físico como por su cociente intelectual.
“Necesito personal de seguridad que impresione (Patovica) para un PUB en Devoto. Horario de 23:00 a 06:00 Viernes y sábados. Se paga por día. El precio se arregla con una entrevista conmigo. El trabajo es efectivo a partir de este fin de semana. Comunicarse conmigo al ¿¿¿¿ - ???? y dejar un mensaje con nombre y teléfono porque no estoy comúnmente”. Así reza un aviso publicado en un sitio de Internet.
¡¿Personal que impresione?!… Que impresionen o que desfiguren rostros, quiebren huesos y maten sin acreditar eficiencia ni respeto por los derechos de los demás.
Es, en definitiva, un acto liso y llano de represión (represión privada) de la que, generalmente, nadie se hace responsable. Represión de matones a sueldo. Represión de facinerosos adscriptos a la cultura de la muerte.
¿Quién o quiénes les otorgan licencia para matar?
Es evidente que existe una política deliberada de los dueños de esos lugares de contratar esa clase de personajes, con el propósito de mantener el orden a golpes y con total impunidad.
Y si bien existe responsabilidad material de los agresores existe, también, una responsabilidad ideológica de quienes los contratan seleccionando individuos con perfiles de violencia y agresividad. ¿De esto no se habla?
¿Dónde son reclutados estos individuos? ¿Quiénes los entrenan?
¿Podemos seguir permitiendo que nuestros jóvenes cada vez que salen estén expuestos a este tipo de agresiones e incluso a la muerte?
¿Podemos seguir mirando con naturalidad como se va conformando una fuerza parapolicial a la que nadie controla?
Inseguridad, indefensión e impunidad es lo que cunde cuando no se sabe a quien recurrir.
La Justicia llega tarde, cuando el hecho ha sido consumado. Pero la Justicia debemos construirla entre todos, ya que no es patrimonio de una institución jurídica, sino un valor social; un valor que cada uno construye cuando se exige el hacer valer los derechos inalienables e imprescriptibles.
El eje sistémico de esta represión es la discriminación. Y existe el temor a denunciarla por miedo a las represalias.
El miedo, aún, subyace en buena parte de la sociedad.
Parte de la sociedad que acepta, con cierta dosis de indulgencia, hechos de esta naturaleza, ya que acaecen entre chiquilines “vagos”, supuestamente drogadictos y alcohólicos.
Los niveles de violencia de esta sociedad son preocupantes, pero hay que hilar un poco más fino y ver de dónde y por qué parte la violencia.
El personal de referencia, “musculosos a fuerza de anabólicos”, de confianza de sus empleadores, tienen carta libre para elegir a quien entra y quien no, mientras que coexisten con ellos, otros que ni siquiera se los retribuye económicamente, y están por el solo hecho de poder estar, lo que equivale a un “estímulo” y a un posible futuro conchavo.
Y la diversión en esos lugares… ¿qué diversión? Es la que practican los jóvenes, algunos muy jóvenes, que encuentran en esos ámbitos el compartir las mismas tristezas, las ganas de “sacar la cabeza”. Es una forma de asirse por algunas horas a un rito que sirve para olvidar. Olvidar que viven en una Argentina que la posmodernidad le cerró posibilidades y los excluyó.
Las tragedias son inevitables cuando los controles son fallidos.
Los “custodios de la noche” suelen lograr que la diversión se transforme en sangre y desesperación. Están para lograr un orden casi imposible. Exterminadores de pocas palabras y mucha acción, resentidos e impotentes, lejos de reducir cualquier conflicto lo potencian mediante una atroz violencia. Esto es lo que se palpita en los “boliches”.
Ninguna sociedad que se precie de tal puede permitirse la presencia de “matones inflados”.
“La estructura psicológica del patovica es semejante a la de la anoréxica” afirma la doctora Irene Milius, psiquiatra y coordinadora de guardia del Hospital Borda. Esta profesional ha recibido casos de patovicas que llegan hasta su consultorio pero que, tras algunas sesiones, terminan abandonando el tratamiento. La adicción que genera el consumo de los esteroides, más conocidos como anabólicos, determina en muchos casos la voluntad de continuar o no con ese tratamiento. En general, un aspirante a patovica recibe por primera vez esteroides de mano de los “entrenadores” del gimnasio al que asiste, quienes le organizan un plan de consumo que contempla períodos de abstinencia y, por ende, de depresión.
Tras el homicidio del joven Martín Castellucci, en diciembre pasado, por un patovica de la disco “La Casona” de Lanús, que lo golpeó hasta dejarlo inconsciente y por haber salido en defensa de uno de sus amigos, discriminado en la puerta por “morocho”, representa un símbolo extremo de la problemática nocturna.
El INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo, del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación) que lanzó una campaña “La discrimanción mata, que no te cierren la puerta en la cara” recibe diariamente denuncias de situaciones similares a la de Castellucci.
Pero en el centro de la problemática, entre empresarios y víctimas, siempre están los patovica.
Es que para los profesionales de la salud, la depresión genera en el patovica, “entre otros efectos, un aumento en su nivel de intolerancia y de irritabilidad. De esta forma, ante cualquier estímulo verbal, sale solo o en grupo a demostrar que no ha perdido ni la fuerza ni el vigor que lo caracteriza. Y golpea. Y mata”.
Una radiografía psíquica del patovica medio nos dirá que funciona como un disparador discriminatorio. Esa discriminación es la que mata.
Apelar a responsabilidades colectivas (sociales) es válido, siempre y cuando no sirvan para que empresarios y autoridades intenten lavarse las manos. Así, muchos hacen discursos académicos-filosóficos-políticos-culturales sobre la responsabilidad de la juventud y sus modos de diversión, cuando en realidad lo que habría que preguntarse es cuáles son las oportunidades que existen para la juventud de acceder a la participación, la propiedad y el consumo en un contexto de desocupación y exclusión.
Las políticas de seguridad deben basarse exclusivamente en la vigilancia y el control por parte de las Fuerzas del Estado.
La noche, es el espacio apropiado para liberar energías. Las ansias de libertad comienzan a manifestarse en la noche, es allí cuando se produce el desgaste físico, el desgaste mental. La música, las luces, las bebidas, son elementos que coadyuvan para “el olvido”, el “ma’si” y el “pa’qué”. El manto de protección para así pensar y hacer lo da la oscuridad.
“La noche es mágica, produce algo inexplicable en el ser humano que va desde el miedo hasta la liberación total, de la risa al llanto o viceversa, pero es un mundo lleno de sorpresas, que al principio cuesta creer que existan, pero existen”.
La noche existe, pero ¿hay que dejarla así? ¿hay que aceptarla así? ¿hay que seguir al pie de la letra todos sus símbolos y códigos? O hay que hacer algo concreto para que no se torne en contra.
“Más allá de las excusas formales o de las dificultades de control, el de la seguridad es un problema de connotaciones más profundas. En primer lugar, habla de una mentalidad bastante extendida de minimizar los riesgos propios y ajenos, y de una tendencia a desresponsabilizarse de las consecuencias que la negligencia puede traer”.
Es la ausencia de controles públicos efectivos lo que facilita la tendencia a disponer de ¿seguridad? y control propio.
La Argentina registra en estos años muertes de jóvenes a granel, dolorosas e inexplicables.
¿Cuántas muertes más hacen falta para que la regulación y el control eviten tragedias?
Son responsables los negociantes de la noche y el funcionariado distraído. Se dice que la noche es la segunda actividad en importancia comercial luego del fútbol, y “así como las barras bravas son permitidas en el fútbol nacional, la vista gorda a la inseguridad de los locales constituye la barra brava del fútbol”.
La realidad está repleta de mediocridad, no existe una organización de salvataje juvenil eficiente, de contención, organización y ayuda.
Hace pocas horas, en Rosario, ocurrió otra muerte, un joven golpeado por un patovica. No existe el duelo social porque la prensa del sistema se encargará de matar esta tragedia con otras noticias.
Se monta en forma inmediata la campaña de culpar a la víctima. Se comienza hablando de la “irresponsabilidad” de los jóvenes. Siempre se trata de esconder y proteger a los verdaderos responsables. La barbarie se manifiesta en que “todos los muertos son culpables de su muerte”.
Mayoritariamente los jóvenes buscan un momento de distracción y alegría, y por este simple hecho no los podemos condenar.
Las leyes, ordenanzas y toda legislación deben estar en función de los cambios y modificaciones sociales. Los jóvenes viven de acuerdo a sus años y tienen derecho…
Aprendamos, de una buena vez y para siempre, que los muertos no se suman ni se restan.
Cuando la irresponsabilidad y la intolerancia convocan a la muerte, lo que cabe es exigir la aparición de los responsables de tanta muerte inducida.
La vida sigue siendo un bien devaluado en la Argentina.
Nuestro país fue destruido y ¿hasta dónde hemos asumido que los jóvenes han sido los más jaqueados por la destrucción? ¿Hasta dónde hemos asumido que la marginalidad condenó con mayor empeño a los jóvenes? ¿Hasta dónde hemos asumido que los jóvenes, en muchos casos, han sido arrojados al delito como una forma de supervivencia? ¿Hasta dónde hemos asumido que son los jóvenes los más impregnados por la siembra de ignorancia y de estupidez? ¿Hasta dónde hemos asumidos que a los jóvenes nos los matan, por la mano asesina de los patovica o por el consumo de “paco” o el “gatillo fácil”?
El día que asumamos todo esto y exijamos al Estado el cumplimiento de su rol, los jóvenes podrán desarrollarse en plenitud y divertirse sin correr riesgos.

Osvaldo Vergara Bertiche
Rosario, Provincia de Santa Fe, Argentina, 19 de Marzo de 2007

Publicado en www.enredando.com

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Tato Contissa

5-Marzo-2007 por info

Pasemos al otro “Patovica”
Siempre hay un tipo que te para cuando pretendés atravesar cualquier puerta. Es algo que tenés y no algo que te hace falta lo que se convierte en el requisito ausente, en el salvoconducto que no podés mostrar y que te pone al tipo enorme e insuperable entre vos y tu derecho a pasar del otro lado. Algo que tenés, no algo que te hace falta.

El “patovica” que no pudo pasar el amigo de Martín Castellucci es el más chico de todos. Martín pago todo el precio para poder pasarlo. Un precio demasiado alto si lo dejamos solo, si le dejamos sola a su familia. La moneda invalorable que pagó Martín sólo se cotiza si la sociedad logra pasar al otro “patovica”, a ese más grandote que está armado de indiferencia e hipocresía y en dónde se funden todas nuestras miserias.

El sistema mediático fabrica curiosidades, por gazmoñas o por brutales que sean, a las que llaman noticias. Prontamente se aburre de esos hechos cuando su evolución ya no genera curiosidad o cuando golpea a las puertas de asuntos de los cuales “mejor no hablar”. El caso de Martín es uno de estos últimos.

La condena de los medios al caso llegó también hasta la altura del primer “patovica” y apenas si rozó a sus patrones. Cuando el “análisis” periodístico tropezó con el derecho de admisión como cara del derecho de propiedad y como cara encubierta de la discriminación hubo que ponerle sordina. Cuando nos dicen que la violencia es inexplicable es que no quieren hablar de las razones de la violencia. Toda violencia tiene su explicación aunque casi siempre sea injustificable.

La razón de la violencia que se llevó la vida de Martín está encapsulada en el corazón de la sociedad. Es la denigración de los morochos, el clasismo de los sectores medios, el desprecio y el miedo a los sectores bajos y a las subespecies marginales que un sistema tan injusto como el nuestro es capaz de producir. Esa “razón” anidada en el centro mismo de la sociedad y que resulta el centro mismo del sistema mediático es la que le da norma y justificación al derecho de admisión, a los criterios de selección y al aparato represivo instalado en la puerta de los boliches bailables. Cada etapa se fundamenta en la voluntad social de discriminar, de separar, de aislar y de diferenciarse para sentirse inmune, protegido, distinguido y distanciado de toda esa otra gente que nos da vergüenza en cuotas mezcladas en el límite del odio y del temor.

Habrá que entender que la bala mata, pero la bala parte de un sistema cuyo mecanismo tanto como quien lo acciona están hechos para matar.

A ese “patovica” es al que hay que pasar. Por lo poco que sé del fatal episodio puedo suponer que Martín quiso pasar a ese “patovica” y no sólo al otro, al más chico, al que le dio la muerte. No pudo.

Es tarea de todos hacer lo que él hizo, salir de donde estamos, volver a la fila en dónde se practica la discriminación y pasar al otro patovica, al más grande, al que amenaza a nuestros hijos y a los hijos de los otros. Porque es algo que tenemos y no algo que nos falta lo que le debemos presentar al matón que se para en la puerta del futuro.

Si nos animamos es seguro que pasamos.

Tato Contissa (periodista)

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Javier Amorín

5-Marzo-2007 por info

Estimado Oscar,
Espero no ser inoportuno con esta carta o avivar su dolor en el alma. No es esa mi intención, sino todo lo contrario.
A sólo 3 meses del asesinato de Martín, usted y su batalla pública han logrado revertir una situación descontrolada, racista, de denigración de la juventud. Ha puesto sobre el tapete algo que, los que tenemos 30 años, hemos sufrido en carne propia: la prepotencia gratuita y no penada de los imbéciles sin y con uniforme hacia los jóvenes. Le puedo asegurar que las campañas que han surgido después del trágico y cruel asesinato de Martín, sirvieron para salvar decenas de VIDAS en este verano, ya no hablemos sólo de discriminación, huesos rotos y secuelas físicas permanentes. Usted, al igual que lo hiciera su hijo con su amigo, ha salvado VIDAS, que seguramente no hubieran sobrevivido al verano. Puede estar seguro de eso y debe sentirse orgulloso. Son jóvenes anónimos que ni ellos lo saben y quizás no conozcan el caso de su hijo y, por supuesto, jamás le agradecerán, pero tenga la certeza que su campaña los ha salvado.
Creo que es mucho lo que falta hacer y no todo debe recaer sobre sus hombros. Los jóvenes son aún muy vulnerables en nuestra sociedad, ya que sufren el maltrato diario de no poder llegar a ser lo que la TV les inculca, de ser discriminados en la búsqueda laboral y en su trabajo, ser bombardeados por propaganda nociva, el negocio del “paco” destruyendo sus neuronas y consumiendo sus vidas, cada vez más extendido por la frustración de los jóvenes. Los chicos de hoy no tienen siquiera una militancia, un ideal donde refugiarse. El capitalismo se ensaña con ellos. Y todavía le piden MÁS y MÁS por TV. Si no compran, tienen, logran, usan, etc, son unos fracasados. Esto es pasto seco y con nafta, esperando una chispa.
Bueno, sólo quería recordar hoy a Martín, a quién no conocí pero admiré su personalidad, sabiendo que gracias a él, hoy hay más vida, y seguirá multiplicándose en el futuro, como un fruto que tuvo que madurar demasiado pronto para multiplicar la vida.

Todos mis pensamientos para él y usted,
Siempre una mano cuando la necesite,
El más peligroso es el bueno que no actúa,
Javier Amorín (periodista)

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Jorge Falcone

5-Marzo-2007 por info

Fragmento de “¿Hay bandera más alta que la Justicia Social?”

Muchos formamos opinión en el ámbito territorial o educativo. No desaprovechemos semejante posibilidad. Como licántropos en luna llena, defendamos nuestro costado humano ante el espejo al que la historia nos enfrenta. Somos hijos del albañil de Los Hornos que no aparece. Él representa a todos nuestros nobles allegados, los que nos guardaron siempre, aquellos a los que frecuentemente desoímos. Tenemos una deuda de honor con ese viejo maravilloso y valiente que “se hizo humo” por segunda vez: La de nunca olvidar que no nos tendrán piedad. Hace muy poco murió Martín Castellucci en otro episodio de la misma guerra (Walsh nos enseña a construir sistemas de interpretación sutiles). Fue golpeado hasta morir en una disco de Lanús por bancar a un amigo morocho discriminado por los patovicas… Acaso nadie grite jamás ¡Presente! detrás de su nombre, porque así nos tienen, desvinculados y sin poder reconocernos. Pero ese pibe nació y creció en un hogar de “únicos privilegiados”, su padre es un brillante pensador nacional. Martín murió sin hacer papelones -igual que el flaco Néstor Sala, ofreciendo su vida a cambio de la de todos sus compañeros, el 13 de diciembre de 1976 en Margarita Belén-, murió como le enseñaron a vivir. Reclamando equidad. Es un héroe de la Patria, a riesgo de que pocos lo adviertan. Toda militancia consecuente tiene que ver con él. Pues no hay valor más alto que la Justicia Social, ya que este integra y subordina a los demás. Y aún está pendiente. Por eso esta guerra sigue. Hasta que la oligarquía sucumba.

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Oscar Merlo

27-Enero-2007 por info

DISCRIMINACIÓN TAMBIÉN ES VIOLENCIA
“No sé cómo va a ser mi vida a partir de ahora”, me ha dicho en reiteradas oportunidades mi amigo (hermano) Oscar Castellucci, papá de Martín, el chico de 20 años asesinado por la irracionalidad de un personaje de “la noche”, encargado de ejecutar la política discriminatoria en el boliche “La Casona” de Lanús hace unos 15 días atrás. Y adhiero a este concepto porque, como si fuéramos un “blanco”, nos ha tocado en el centro como familia, porque pudo haber sido mi hija o mi hijo (o el hijo de cualquier lector), pero fue mi ahijado Martín (también “mi hijo”) la víctima de la impunidad de estos artífices de la violencia cotidiana. Que agreden a nuestros pibes, tratándolos como ganado, discriminándolos por su color (el tristemente célebre “cabecita negra”), por la marca de las zapatillas, por la imagen, cobrándoles tarifas diferenciales para acceder al prestigio de un infierno, “La Casona” (hoy cerrada por decreto municipal), incluyendo la paradoja de que el seleccionador (el dueño del boliche, un tal Atilio Amado, que de hecho también es un “cabecita” de acuerdo a estos calificativos tan despreciables), ejerce, rodeado (seguramente) su cuello y muñecas con valiosas cadenas de oro, desde la impunidad, la selección de nuestros hijos, sin que haga mella en su trajinar la acusación de violación de una menor (conocida por todo Lanús) y ahora su responsabilidad como dueño del establecimiento en el asesinato de Martín.

Porque…
Martín cayó por tener algunas cosas muy claras, seguramente recuperadas de su padre que, como militante peronista, ha luchado porque sus hijos consideren a sus amigos por sus valores espirituales y no por su color de piel o extracción social.
Martín tuvo la valentía de “bancar” a su amigo que rebotaba en la entrada de este triste boliche por no cumplir con la imagen que pretendían su seleccionadores y sin que mediara más que un cambio de palabras (no violento: lo sé porque lo conocía a Martín y por testimonios) recibió un par de trompadas salvajes de un “cuidador” de la puerta que no contaba con otros instrumentos para disuadir (dictados por las instrucciones del local) que la violencia. Matándolo con la alevosía de un boxeador (hay documentación que así lo acredita y compromete), con esos músculos cobardes de plástico de quien casi no sabe lo que hace, aunque seguro de responder a la ideología de su patrón, este último responsable moral (penal si la ley lo contemplara) terminando con la vida de un pibe (que “calificaba” como cliente), que comenzaba a ordenar su vida a través del estudio, el trabajo, el cultivo de amistades y el corto tránsito de un noviazgo.
No sabemos cómo terminará este episodio y no digo historia porque me temo que aún, lamentablemente, tendremos que seguir viendo estos hechos repitiéndose en sus diferentes variantes (abuso de la policía, asaltos con muertes, otros “cromañones”…). Lo que sé es que nosotros estaremos sumándonos a la legión de padres y amigos que militan por la vida, en nuestro caso en la búsqueda de la justicia (la verdad de lo que pasó y la aplicación de la pena que corresponda), con un discurso y accionar que no alentará el desprestigio de las instituciones como tales, si no reclamando que los organismos del Estado cumplan con lo que tienen que hacer. Los funcionarios comprometiéndose en la generación de políticas eficaces que tiendan a volver a un orden previsible de convivencia y para llegar a esto (camino largo por cierto) creemos en el involucramiento de todos.
Confesaba parte de su “culpa” Oscar Castellucci en el acto por Martín el pasado 21 de diciembre en Plaza Congreso, pidiéndoles perdón a los chicos presentes por la sociedad que les dejábamos como adultos, y comprometiéndolos a no dejarse manosear, a luchar por sus derechos, a organizarse para acabar con la impunidad, a terminar con la violencia contra los jóvenes, en una consigna que habla por sí misma: “Basta de pegar, Basta de matar…”
Esa aparente imagen de serenidad, equilibrio y templanza de este padre que impresiona a quienes lo miran por televisión, no debe confundirse con una postura “ingenua y romántica” que le atribuyeran otros padres (respetables porque sufren desgracias semejantes, aunque intolerantes con quienes no piensan como ellos…) La firme convicción de quien ha luchado y lucha desde su condición de docente universitario e intelectual peronista, más el apoyo de su familia y de sus amigos (y nuevos amigos que se van sumando solidariamente) es lo que lo mantiene firme y hace que no se tuerza hacia livianas definiciones de que “todo está podrido” o a pergeñar venganzas por mano propia que muchos, desde la no vivencia en carne propia, suelen arriesgar como si fuera la solución del tema.
La donación de todos los órganos de Martín al INCUCAI, por pedido de él en vida y decisión de la familia en los peores momentos de quienes tienen que despedir a un ser querido, son una muestra más de madurez, responsabilidad y solidaridad y una apuesta activa a la vida.
Por el compromiso asumido ante su familia y especialmente ante la memoria de Martín, a quien -como a sus otros hijos y a sus alumnos- lo había formado en la idea de la lucha solidaria y en la búsqueda de una sociedad más justa que rompa la cultura individualista y materialista impuesta a sangre y fuego por el “proceso” .
“Para que no nos gane la impunidad, para que no nos cierren los ojos, para que no nos quieran callar”, dicen los amigos de Martín en sus consignas y en esta nueva y inesperada causa que los hará crecer y comprometer en el camino de la búsqueda de soluciones desde la gente.
Por la memoria de Martín y de los tantos chicos injustamente asesinados o mutilados, Oscar Castellucci, su familia y los amigos que lo acompañamos, llamamos a fortalecer los eslabones de lucha sueltos, nucleados alrededor de cada caso que se da cada día, forjando una cadena solidaria de acción en la búsqueda de justicia, contra de la “discriminación que nos mata”.

Fecha: enero 2007 y se publicó en El Pasajero, Año X, Nº 50, febrero/marzo 2007, p. 19.

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Los amigos de Martín (II)

20-Diciembre-2006 por info

DISCRIMINACIÓN TAMBIÉN ES VIOLENCIA

No vamos a bajar los brazos porque tenemos la esperanza de que la muerte de Martín convierta esa enorme pérdida en el camino de cambio que haga resurgir en nuestra sociedad valores ahora desgastados y olvidados.

La violencia es un fenómeno, un hecho, una realidad. Existió, existe y lamentablemente va a seguir existiendo. Pero quedarnos impasibles ante un fenómeno así, tan presente en una sociedad como la nuestra, tan común y hasta cotidiano en nuestras vidas, no debería ser una opción. ¿Por qué permitir que esto pase delante de nuestros ojos? ¿Por qué enmudecernos y mirar atónitos las imágenes de violencia que todos los días “adornan” con un estilo lúgubre la cotidianeidad de nuestra sociedad?

Violencias hay muchas. La violencia no es sólo el golpe que le robó la vida a Martín, no es sólo el golpe que con impunidad y sin escrúpulos logró privarnos de una parte de nuestras vidas. Violencia no es sólo eso. La violencia se encuentra en una palabra, en un acto, en un símbolo, en una mirada.

Discriminación también es violencia. Juzgarnos entre nosotros por colores de piel, por vestimenta, es violentar, y a su vez, provoca violencia.

La violencia es causa de miedos, de silencios, de impunidad; y consecuencia de corrupción, de incumplimiento de leyes, de injusticias, de discriminación.

La violencia se encuentra en el puño que ese hombre descargó sobre Martín el domingo a la madrugada; en la decisión de tener la posibilidad, o no, de entrar a un boliche.

La violencia está en quien permite que esto suceda; la violencia está en quien silencia, en quien cierra los ojos ante hechos como estos. Que son reales, que como hoy nos tocan a nosotros, le pueden tocar a cualquiera.

Esa violencia a la que nunca nos queremos acostumbrar fue la que causó la horrible pérdida de Martín, muchos podrán sentirse identificados en menor o en mayor medida, pero si no nos involucramos, esa u otra mano asesina generará nuevas víctimas.

¿Pero por qué, adolescentes como nosotros, tenemos que levantarnos cada mañana con dudas, con preguntas, con porqués…?

¿No se supone que si salimos un sábado a la noche es para divertirnos? ¿No se supone que hay todo un “aparato” que se brinda a protegernos, a educarnos? ¿No se supone que somos el “futuro” de la sociedad?

¿Cómo podremos serlo si no nos dan la oportunidad, si en un sábado de diversión nos arrebatan la vida, si no se nos tiene en cuenta?

Nos surgen preguntas… ¿quién educa a quién?

O, mejor dicho, ¿quién debería educar a quién?

Se supone que a nuestra edad, como adolescentes que somos, estamos creando nuestras vidas, entendiendo quiénes somos y cómo queremos ser, qué modelo queremos seguir, a quién nos queremos parecer, adónde queremos llegar. Pero cómo quieren que tengamos un objetivo y un modelo a seguir, si en nuestro camino nos encontramos con situaciones así, que nos impulsan a dejar de creer o a bajar los brazos.

Pero nosotros no vamos a bajar los brazos, porque todavía tenemos un dejo de esperanza; todavía pensamos que la pérdida de Martín, nuestra gran pérdida, la de sus familiares y sus amigos, puede lograr un cambio, puede enseñar, puede hacer resurgir en nuestra sociedad ciertos valores desgastados y casi olvidados. Todavía tenemos la esperanza de poder creer en la justicia, pero “necesitamos que ella nos ayude a creer” (como dice el papá de Martín).

La violencia no es una solución, tampoco una medida. Dejemos de vivir en un mudo de “ojo por ojo” porque, como bien decía Gandhi, “ojo por ojo y la humanidad quedará ciega”.

Nos es con violencia como queremos que esto tenga un cierre justo, no es con violencia como queremos mejorar nuestra realidad, no queremos eliminar violencia con más violencia. Somos conscientes de no querer estar al mismo nivel de quienes recurren a ella como arma; tampoco vamos a dejar que esto, que nos toca tan de cerca, nos incite a rebajarnos a ese nivel.

“La fuerza no proviene de las capacidades físicas sino de una voluntad indomable”.

“La no-violencia no debería ser usada como escudo para ocultar la cobardía, ya que es un arma de los valientes” (Gandhi)

Que la muerte de Martín signifique un renacimiento de los valores.

Cuando nos enfrentamos a hechos como los de Martín nos preguntamos ¿quién es el culpable?

Y, la verdad, que culpables somos todos, porque al no hacer nada, al no expresarnos, estamos fomentando la violencia, la discriminación y la corrupción.
La muerte de Martín puede significar la muerte o el renacimiento de valores; eso depende de lo que logremos hoy, mañana y siempre.

Es increíble ver cómo avalamos nuestra propia destrucción. Cómo podemos permitir que haya personas que abusen de su poder y que, en definitiva, abusen de nosotros. ¿Acaso somos inútiles?

Nos vivimos quejando de que nuestros derechos no se respetan. Es obligación del Estado hacerlos cumplir, y es nuestra obligación recordárselo. Para qué existimos si no es por el mero hecho de vivir la vida y lograr nuestras metas. Quién, entonces, tiene el derecho de quitárnosla. NADIE. Sin embargo, hoy le estamos dando la posibilidad, casi el permiso, de que hagan con nosotros lo que quieran.

No podemos esperar más, porque nos seguirán pisoteando. En esto no hay partidos, no hay diversidad ideológica, pero no podemos aceptar que alguien esté a favor de la muerte.

Dejémonos de mirar para otro lado. Involucrémonos.

Una versión de estos textos fueron impresos en unos folletos que los amigos de Martín repartieron en lugares públicos y fueron leídos en el acto que en su memoria se realizó el 21 de diciembre en Plaza Congreso.

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José Luis Di Lorenzo (II)

17-Diciembre-2006 por info

Basta de decir

El dolor compartido con la familia Castellucci me impulsa a desear fervorosamente que el sentido (si puede tenerlo) de la muerte de Martín sea poner en el tapete que esta sociedad no sirve, que hay que cambiarla de raíz, y que el cambio empieza con las pequeñas cosas que cada uno de nosotros puede y debe hacer día a día.

Lo Social nació hace muchos años como homenaje a mi entrañable amigo y luchador del campo nacional y popular Jorge Pablo Urriza, y al maestro también fallecido y amigo personal, el reconocido militante de la seguridad social Amancio López.

En estás páginas mucho se ha escrito y dicho, con suerte diversa; pero no importa, hay hechos que a uno como ser humano lo marcan, y hoy estamos frente a uno de ellos, otra muerte, esta vez la de Martín Castellucci, el hijo veinteañero de un gran militante y amigo, que fue asesinado por la discriminación y la violencia que está enraizada en nuestra sociedad (“global”).

Oscar Castellucci, su papá, es desde siempre un militante de la palabra y el pensamiento. No es el caso, justificado por cierto, de quien sale a pedir justicia por el asesinato de su hijo, NO, se trata de alguien que constante y tesoneramente viene pensando, escribiendo y proponiendo un modelo para una sociedad justa. Duele que recién se lo escuche porque la muerte de Martín adquirió notoriedad mediática, sería deseable que nos empezara a interesar abordar la profunda crisis de nuestra forma de vida y de organización social.

Los propios chicos, que sufren y se enojan ante hechos como el de Martín, que no es el primero y seguramente no será el último, en general aceptan la discriminación como un modo de marcar diferencias y de sentir (los incluidos), que se lo merecen, que son superiores. Aunque son los menos responsables, carecen de conciencia o la tienen adormecida. Y esto ocurre en todos los niveles sociales, en los boliches de Moreno como en “La Casona” de Lanús, entre ricos y entre pobres.

Este drama no debe ser partidizado ni ideologizado, sí politizado, porque enfrenta a quienes defienden, garantizan, aceptan, que prive el amor por el lucro, con quienes queremos que prive el amor por el ser humano.

No dudo, aunque parezca cursi, que el amor es la energía que motorizará el cambio hacia formas de organización social nuevas. No hay método de prevención ni forma de convivencia pacífica posible, si como sociedad no estamos involucrados. No hay sistema de seguridad efectivo si no parte de la solidaridad, el compromiso social y el esfuerzo compartido.

Lo habitual para esta columna editorial de hoy sería abordar el maquillaje chileno al negocio de las AFJP; la justificación claudicante de Lula en Brasil, cuando reniega de su origen amparándose en su vejez; la muerte de Pinochet y medio Chile honrándolo; las provincias ricas de Bolivia que parecen dispuestas a una guerra civil, pero… la verdad ya parece no importar. El dolor compartido con la familia Castellucci me impulsa a desear fervorosamente que el sentido (si puede tenerlo) de la muerte de Martín sea poner en el tapete que esta sociedad no sirve, que hay que cambiarla de raíz, y que el cambio empieza con las pequeñas cosas que cada uno de nosotros puede y debe hacer día a día.

Así como los pibes, la novia y los amigos de Martín, están yendo a los subtes, a los boliches, para contar lo que le pasó a su amigo y para hacer conciencia en la sociedad, Lo Social se llama a silencio, porque siento que se acabó el tiempo de seguir hablando. Es tiempo de hacer, y lo que hay que hacer son pequeñas cosas, interactuar con los vecinos, con los amigos, con los compañeros de trabajo, porque lo macro, las grandes políticas se resuelve en otro lado.

Para que no sigan pagando justos por pecadores dediquémonos a trabajar en la recuperación de los valores perdidos. Martín y tantas otras víctimas se lo merecen.

Por José Luis Di Lorenzo
correo@losocial.com.ar

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Los amigos de Martín (I)

9-Diciembre-2006 por info

NUNCA MÁS

Quinta1Queremos contar lo que le sucedió a nuestro amigo Martín Castellucci, el sábado 2 de diciembre de 2006. Como muchos de nosotros, salía los sábados a divertirse. Ese día, junto con sus amigos, se dirigió al boliche LA CASONA, ubicado en 25 de mayo y Aristóbulo del Valle, en Lanús. Mientras esperaba poder entrar, dos de los guardias de seguridad (PATOVICAS) de ese lugar lo golpearon criminalmente hasta tirarlo al piso y dejarlo inconsciente. Luego, los policías que “vigilaban” en la puerta de este lugar lo arrastra hasta la esquina, pese a que ya estaba en un estado terrible y lo dejó sólo con un amigo. Fue en ese preciso momento en que comenzó a convulsionar. Su estado era grave y llamaron a la ambulancia y lo llevaron al hospital de la zona, de donde lo trasladaron al sanatorio Instituto del Diagnóstico del barrio porteño de Recoleta. Luego de tres días de agonía, Martín falleció.
Sus amigos no queremos quedarnos con los brazos cruzados después de semejante crimen. Es por eso que decidimos hacer esta cadena con el fin de comunicarles lo sucedido para que se enteren quién fue MARTIN CASTELLUCCI. Más que un amigo, fue un hermano para todos los que lo conocían.
No les vamos a decir que no vayan nunca más a LA CASONA. Nuestra intención es hacerles conocer que dos infradotados que no saben hacer su trabajo terminaron con la vida de una persona. Queda en ustedes la decisión de seguir dándole de comer a estos fracasados.
Esto es para todos los que se sientan identificados, ya sean adolescentes o padres de adolescentes. No podemos permitir que suceda esto, ¡NUNCA MÁS!
Nosotros, tus amigos, te queremos ayudar y ésta nos parece una de las tantas formas de colaborar para que se haga justicia. Quienes lean este mail y se sientan identificados SIGAN LA CADENA por Martín.

Queremos justicia, gracias.

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José Luis Di Lorenzo (I)

8-Diciembre-2006 por info

¿Y si todos nos excluímos?

Tanto la absurda muerte de Martín Castellucci a manos de patovicas como que las fuerzas armadas uruguayas protejan el negocio de los contaminantes, exhibe de qué modo el amor por el lucro inmola a los ciudadanos y los somete a los dictados de los intereses del mercado, hasta extremos en que la libertad de comercio resulta superior al derecho a la vida.

Martín Castellucci murió por la violencia sistémica que, desde hace décadas, también impera en los boliches bailables y que esta vez ocurrió en “La Casona” de Lanús, provincia de Buenos Aires.

La crónica da cuenta de que nos estaríamos enfrentando a una práctica habitual: del dueño de “La Casona” quien impunemente “discrimina y reprime”, de la policía provincial y de la Municipalidad de Lanús que, por lo menos, “no cumplen con sus deberes de funcionarios públicos”.

La entrada general tiene un costo de $15 según el tipo de indumentaria, sin embargo si los jóvenes visten ropa de marca abonan el ingreso “especial” de $ 7 o “vip” de $ 5, pero si no le gusta la cara de quien quiere ingresar el valor sube a $20 (o más) por tratarse de lo que clasifican como “cliente no habitual”, o bien directamente el dueño personalmente ordena a sus patovicas que le impidan entrar.

Los que conocen el lugar dicen que la Policía sabe de la violencia pero omite actuar. La denuncia de los amigos de Martín abonaría igual camino, ya que da cuenta que el agente allí de guardia lo arrastró hasta la esquina, lo que de corroborarse, estaría acreditando la complicidad, por tratarse de una acción direccionada claramente a intentar desinvolucrar al dueño del boliche bailable.

Declaraciones de vecinos de Lanús también responsabilizan a la Municipalidad, quien tardíamente clausuró el local bailable. Habrá que verificar si es cierto que el nieto del Intendente tiene estrecha relación con el dueño y si, como dicen, realiza habitualmente sus actos de la juventud -sin cargo- en dicho lugar.

Pero hay otra cara, a Martín le pegaron porque solidariamente acompañó a uno de sus amigos al que discriminaban y no dejaban entrar. Su familia, en el medio del dolor por su muerte cerebral, pudo decidir solidariamente donar sus órganos. Los amigos de la víctima iniciaron una cadena de correos electrónicos contando lo que vieron para que no haya impunidad y se empiezan a movilizar.

Si abordamos otras “noticias” y casos de los últimos días, si miramos con un poco de detenimiento, siempre veremos aparecer la mano de ese mundo de los negocios que bajo la demanda de desregulación termina gobernando en el medio de un generalizado descontrol.

La subversión de valores se constata en el caso de una madre que por una mala calificación de su hijo agrede a una docente, quien termina en terapia intensiva. En el aporte a la esquizofrenia colectiva que realizan los multimedios, cuando por un lado instalan los “valores” de la sociedad consumista, hedonista por antonomasia y, por el otro, se escandalizan frente a la muerte de una mujer en Río Cuarto que presentan como producto de ese mismo hedonismo.

La lógica comunicacional agita el árbol para que no se vea el bosque. Se ocupa de la anorexia y no del hambre, de la distribución de preservativos y no de la distribución de la riqueza, de circunstanciales responsables (preferentemente de la política) pero no de las responsabilidades, de efectos pero no de causas.

Si hasta el Presidente uruguayo, Tabaré Vázquez, traicionando su origen, se terminó sometiendo al mandato del mercado. Convirtió en una causa nacional (de su país) contaminar la ribera del río Uruguay a manos de las plantas papeleras, llegando al extremo de militarizar la zona para defender esos intereses mercantiles internacionales.

El sistema “global” que cuenta en los medios de comunicación con su ejercito de penetración y dominación cultural, procura además, convertirlos en sustitutos de la indispensable mediación política (ausente o descalificada). Mediación virtual que si bien es insuficiente e inadecuada, porque se limita a exhibir el conflicto pero es incapaz de resolverlo, cumple el cometido de instalar el ideario del mercado autorregulador.

En este contexto, el “acuerdo” formulado televisivamente por el gobernador de la Provincia de Entre Ríos y el intendente de Fray Bentos para destrabar el conflicto con las papeleras, es un claro ejemplo de lo que la política no debe hacer. A sabiendas, o no, le otorgaron un rol al mercado (a través de sus multimedios) que debilita el sistema democrático y representativo.

Un capítulo aparte amerita un aparente hecho deportivo, el que diera lugar la suspensión de un partido de fútbol entre Boca y Gimnasia. Cuando la Asociación del Fútbol Argentino dispuso continúe dicha contienda deportiva, Estudiantes de La Plata, el adversario histórico del lobo platense, aparecía con chances de disputarle el campeonato a Boca. La crónica periodística cuenta que jugadores de River, a su vez clásico rival de Boca, también por entonces con aspiraciones al campeonato, ofrecieron un “incentivo” de U$S 3.000.- a cada jugador de Gimnasia para que le ganen a Boca, lo que desencadenó la ira de la barra brava del club incentivado.

Sin embargo, a diferencia de lo que se suponía, las amenazas que la prensa le atribuyó a esos “hinchas” no se debió a que querían impedir que un triunfo de su club facilitara lograr el campeonato su archirival, Estudiantes. ¡NO¡ ¡QUERÍAN PARTICIPAR DEL NEGOCIO, QUERÍAN SU PARTE DEL INCENTIVO! Grotesco que termina poniendo al descubierto que la lógica de mercado ¡NI SIQUIERA DEJA EN PIE A LA PATRIA DEPORTIVA!

¿Incluir para volver a excluir?

La absurda muerte de Martín Castellucci, los casos de Norma Dalmasso en Río Cuarto, el de una maestra en terapia intensiva por el ataque de la mamá de un alumno que había sido reprobado, el Presidente de Uruguay enviando a sus Fuerzas Armadas para defender los intereses mercantiles del enclave de Botnia en su territorio, la “mediación” de la televisión en el diferendo con Uruguay, el pensamiento por imágenes, el fin de hasta la patria deportiva, el pedido de una madre para que detengan a su hijo para protegerlo del flagelo de la droga, son algunas de las ejemplaridades que siguen poniendo en el tapete que parece claro que nuestra forma de organización social, la sociedad como ámbito de convivencia, está en una profunda crisis.

Un brillante pensador argentino, el profesor Gustavo Cirigliano, cuando pregunta “si lo que se pretende es incluir a los excluidos en la misma sociedad que los excluyó y lo volverá a hacer”, desnuda el fondo a abordar: la cuestión ya no es emparchar, se trata de construir una nueva forma de organización social, porque está claro, la que tenemos no sirve.

Bien mirada la muerte de Martín, con cuyo caso se inició este comentario, es producto (igual que tantos otros casos) del descontrol que imponen los negocios. El amor por el lucro, fundamento y finalidad de un mercado endiosado, inmola a los ciudadanos y los somete a los dictados de sus intereses, hasta extremos en que la libertad de comercio resulta superior al derecho a la vida.

Para tomar al toro por las astas debemos asumir que la discriminación a que cotidianamente nos someten los mercaderes cuenta con el asentimiento de aquellos a quienes, hábilmente, hace sentir incluidos, convenciéndolos de que lo importante es pertenecer.

La movilización popular es una herramienta a no abandonar. Un modo simple y sencillo de honrar la memoria de estos mártires del mercado, nos demanda empezar por excluirnos todos de este sistema enfermo y perverso, paso inicial para la construcción de lo nuevo, principio de ejecución de la impostergable sanción social.

Buenos Aires, 8 de diciembre de 2006

Por José Luis Di Lorenzo
correo@losocial.com.ar

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